Había una vez un ángel. Volaba aburrido por el universo, aunque sin dejar de maravillarse con las bellezas que iba encontrando en su camino. Le encantaban ciertos lugares de ciertos planetas, en los que se sentía como en casa.
Un día, se encontró con una criatura que nunca había visto. Estaba sentada en la orilla de una de las lagunas índigo del planeta Bluett de la galaxia Mitrale, y parecía estar pensando en algo muy serio.
- ¿Algo te preocupa? –preguntó el ángel, más interesado en iniciar una conversación que en la preocupación de su camarada
- No… no necesariamente. Solo pensaba en que falta poco para que me llame Almalu a su lado, y me gustaría elegir el lugar del que voy a partir.
- ¿Qué es Almalu? –preguntó el ángel, que comenzaba a alegrarse de haber iniciado esta conversación, porque se tornaba más interesante.
- Almalu es nuestro… Dios. Digo, es lo que tú llamarías Dios. Es un ser muy superior a todos nosotros, que nos espera en otro lugar para recompensarnos por todo lo que dimos de bueno a nuestro mundo durante la vida. –respondió la criatura
- Pero… no lo entiendo. –comentó el ángel, mientras se sentaba cerca de su interlocutor– A mi Dios me llama todo el tiempo a su lado, pero luego puedo regresar adonde quiera…
- Puede ser. A nosotros, en cambio, no se nos permite regresar nunca más. Nos quedamos allí, con él, toda la eternidad. –respondió la criatura– Por eso, pensando en que ese momento llegará pronto, quisiera elegir el lugar del que voy a partir, para llevarme el recuerdo más lindo de mi mundo.
- Creo que es una buena idea. Hay muchos lugares en tu planeta que son muy lindos, y donde yo me siento como en mi propio hogar… –comentó el ángel, mirando hacia el horizonte.
- ¿Cómo en tu propio hogar? Estás siendo generoso… seguramente allí donde tu vives, es mucho más bonito que esto… –señaló la criatura.
- Pero… yo no vivo en ningún lugar. –respondió el ángel, tranquilamente.
- Entonces no te entiendo. Dijiste que en ciertos lugares te sentías como en tu hogar… –replicó la criatura, sorprendida.
- Claro. Pero mi padre me ha enseñado desde que tengo memoria, que el hogar está allí donde está el corazón. Mi hogar es muchos lugares y muchas cosas. También muchas criaturas como tú. –explico el ángel– Mi corazón fue creado solo para amar, y allí donde he depositado un poco de mi amor, ha quedado también un poco de mi corazón. ¿Tu llamas hogar solo al lugar donde vives?
- Hasta ahora, sí. –respondió la criatura. Ambos se quedaron en silencio por unos segundos.
En ese momento, el primer sol de Bluett desapareció en el horizonte. El ángel se levantó y, poniendo su mano sobre el hombro de la criatura, se despidió con una amable sonrisa.
Datos personales
- Serena
- Me encanta escribir y encontré un lugar donde poder hacerlo sin ninguna restricción, e incluso compartirlo con cualquiera que quiera leerlo. Estuve ausente mucho tiempo, pero decidí volver a recorrer este espacio. A veces parecerá que soy frívola, otras veces parecerá que juzgo demasiado duro. Y muchas, parecerá que creo tener razón en todo lo que digo. Y sin embargo, sólo me divierte escribir mi opinión sobre las cosas más comunes. Por eso, no te tomes nada de lo que leas aquí como algo personal. Mas bién disfruta de lo que te guste, y critica lo que no te guste, pero siempre recordando que las monedas tienen al menos dos caras.
jueves, 27 de agosto de 2009
sábado, 22 de agosto de 2009
Relatos breves III
Había una vez una historia que quería ser distinta. No quería tener introducción, nudo dramático, o crítico, o terrible, y el típico final feliz. Esta historia quería ser rara.
Comienza con una nena jugando sola en una plaza en la que no había nadie más. Y de repente, un hombre, mayor, gris, que se acerca y se queda mirándola.
Ella levanta la vista y lo mira fijamente. Lo reconoce, pero disimula. Sigue jugando.
- Hola Manile. -saludó el hombre- Sabés que ya es tiempo de irte.
- Hola… -responde la nena, con poco entusiasmo- Sí, lo sé. Pero no quiero… Esta vez ya quiero quedarme acá…
Habla sin quitar los ojos de su juego con la arena.
Comienza con una nena jugando sola en una plaza en la que no había nadie más. Y de repente, un hombre, mayor, gris, que se acerca y se queda mirándola.
Ella levanta la vista y lo mira fijamente. Lo reconoce, pero disimula. Sigue jugando.
- Hola Manile. -saludó el hombre- Sabés que ya es tiempo de irte.
- Hola… -responde la nena, con poco entusiasmo- Sí, lo sé. Pero no quiero… Esta vez ya quiero quedarme acá…
Habla sin quitar los ojos de su juego con la arena.
- Sabés que eso es imposible, Manile. Y mi presencia te lo confirma. Dame tu mano por favor.
El hombre tiene cabello largo y desprolijo, y la barba sin afeitar.
- Está bien… al menos espero esta vez, tener más suerte que la anterior…
La nena se levanta del piso, se sacude la arena de su vestidito, y le da la mano al hombre, e inmediatamente desaparecen los dos, con una explosión de luz.
En otro lugar, el Doctor gritó:
- ¡Es una nena!
Guillermina se puso muy contenta porque, aunque nunca lo dijo, siempre quiso que su primer bebé fuera una mujer.
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